01
Dic
11

De afición…cuentamé

Sabido es que el aficionado en el futbol es aquella persona que gusta de seguir a un equipo, el cual se constituye en favorito, ideal o de ensueño. En nuestros reinos de taifas priman los aficionados de la taifa real madrileña y los de la catalana culé. Luego la afición se reparte, directamente proporcional, al forofismo de cada uno, por los variados y numerosos clubes que pueblan nuestras ciudades, pueblos, aldeas y villas de abolengo.

Unos pocos, muy pocos, somos fieles (fidel-fidelis, latinajo que significa lealtad) a un pequeño equipo, nunca ganador de grandes trofeos, nunca finalista en ninguna champion, jamas aspirante a ninguna copa de recia costumbre futbolera, ni aquí, ni allí, ni en ningún lado. Más bien carece de historia competitiva. La suya es la historia de la supervivencia, del pasar indolente del tiempo , de las penurias, crisis, deudas, confrontaciones institucionales, y más recientemente, de ahogo financiero, deportivo y social.

Pero se trata de un club que ha formado parte de mi familia prácticamente desde que nací. El color rojo de su camiseta fue el primer color que distinguí en mi infancia, la primera camiseta que mis padres me regalaron, una de mis ilusiones. Fue precisamente mi padre, agarrado de su mano, quien me llevó a San Antonio, a unas gradas abarrotadas de hombres fumando puros que desprendían olor a coñac barato y a colonia matizada de sudor. Los goles se oían en toda la ciudad, el centro se llenaba de personas que salían del estadio, las mujeres, pocas todavía en estos acontecimientos, esperaban en el parque. Allí nos recogía mi madre con una sonrisa o una burla según hubiera sido el resultado. Eran tiempos en los que se estaba pendiente de una radio que informaba, con su aire cantarín, de lo que los grandes equipos de las otras taifas (entonces unificadas en esa gran nación española que había vencido al comunismo muchos años atrás)se estaban jugando esa tarde. Entre ellos no había ninguno con camiseta roja, entonces conocida como encarnada.

Durante años, mientras crecía, también lo hacía mi familia, aunque el equipo de mi ciudad permanecía aletargado, embarrándose en un campo que tan pronto servia como hipódromo como lugar de verbena, cada vez mas pequeño, cada vez mas diluido en ligas comarcales o regionales. Sin embargo fueron temporadas de aguerridas luchas contra los de la otra ciudad fronteriza, contra toledanos y madrileños, alcarreños y manchegos. Hasta que, al igual que mi infancia, el estadio acabó su recorrido; desterrado y abandonado dejó de ser el lugar de encuentro y bullicio dominicales y fue convertido en solar donde acamparon los feriantes en los días de función. Murió de ansias especulativas y de vigor modernista, aislando así al futbol de la ciudad misma hasta llegar a la desidia y el abandono durante algunos años. Los que tardaron en edificar un edificio ahora prescindible y un pabellón tardón y escaso.

La ciudad deportiva, entonces alejada del pueblo y los ciudadanos, acogió al equipo sin gloria, que se mostraba inválido, sin rumbo, solo. El frío extremo y el calor asfixiante de las gradas destruyeron a una afición que dejaba de volcarse en su equipo. Mi adolescencia también tuvo los miedos, el desencuentro, la fluctuación, la soledad y la poca confianza que durante aquel tiempo el equipo de mi ciudad manifestaba. Malos tiempos.

Era una época nueva aquella que vivimos. España se convirtio en “este pais” y de nuevo mi padre y su inolvidable compañía me llevaron a un nuevo estadio, rodeado de un velódromo que contenía, por vez primera, hierba natural. Todo era mas moderno, las patillas, los pantalones campana, llenaron la inauguración del Adolfo Suárez Park. Sin embargo el equipo seguía sumido en la depresión a la que conduce una ciudad orgullosa de su pasado, con un presente indeciso y un futuro improbable. La pandilla dejó paso a la novia, la ilusión a la realidad.

Hasta que hizo entrada en el futbol ciudadano la figura de Antonio Álvarez. Todo cambió y se revolucionó. Seguimos sin nivel, pero el nivel cada vez era más alto, hasta llegar a poner las reales en la tercera división (una auténtica segunda b) y en las actuales deudas del club. Fueron momentos de especial ilusión, de ascensos de categorías, de jornadas con el campo abarrotado, viajes a Cuenca, Toledo, Aranjuez…con mis padres, mi hermana, mis sobrinos…
El futbol de los domingos era ilusión en esta ciudad, lo poco que teníamos.

El resto es más o menos conocido. Ese equipo que he descrito es el Real Ávila, mi equipo, algo más que un club, mi sentimiento.

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